Si bien Hungría no es productora de café, en Hungría la costumbre de beberlo es una tradición muy arraigada, que exige respeto por su buena elaboración y alto estándar de calidad.

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En todo el país se pueden encontrar buenos salones de te, cafeterías y pastelerías, aunque según dicen, son menos que los que habían durante el siglo pasado. Como infaltable compañero de un buen café húngaro, están los deliciosos pasteles hechos en base a masas espesas y esponjosas, con aroma a naranjas y frutas invernales.

El primer café de Budapest se abrió en el siglo XVIII, a raíz de su flamante éxito congregando a la clase pudiente y burguesa alrededor de sus salones, comenzaron a abrirse otros aprovechando la incipiente industria cafetera, en torno a la cual se reunían políticos, artistas e intelectuales, bebiendo el brebaje más estimulante que se conoce en la historia.

En los cafés se han engendrado los más importantes sucesos históricos de la vida húngara, en ellos se han cerrado negocios de millones, y han servido de inspiración de sus mejores obras a los escritores e intelectuales que lo bebían, sentados en medio de un ambiente elegante y distinguido. Es en estos salones cafeteros donde se pasaban las horas de ocio de la gente burguesa, jugando cartas o ajedrez, leyendo los diarios o simplemente ejerciendo el placer de mover la lengua de un lado a otro con los últimos chismes mientras se paseaba la gente por las afueras del salón.

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Las pastelerías son un clásico sello de los húngaros, mostrando un amplio abanico de tartas, pasteles, bollos, bombones y caramelos, brindando calor en los meses invernales a través de los purés de castañas y refrescando en verano con los helados. Y es que la gastronomía húngara guarda sus secretos aun después de siglos, y ni siquiera los Museos gastronómicos tienen permiso para divulgar éstos, hasta que pasen a lo menos, 30 años después de hacerlas parte de su legado histórico.

Foto: visita.hu , wiki